Si debiera uno cobrar por su trabajo y otras cosillas que terminan en pelea siempre.
1. El tema a debatir, en el fondo, es si la música de uno, dado que no es “comercial” se pueda vender a alguien. En realidad esa es la pregunta. Una larga disquisición sobre el derecho de autor puede caer en el tema político: ¿existe la propiedad privada? y en caso afirmativo, ¿se pueden poseer instancias de ideas? (vamos a dar por sentado que las ideas mismas a lo mejor no se pueden poseer). Otra cosa, se podría decir que una idea no es lo mismo que su instancia. Lo primero es un concepto inicial, platónico si se quiere. Lo segundo es la verificación de esa idea con una tarea práctica hecha, por hacerse o que si a uno le diera la gana pues lo podría hacer, o que la idea es tanto mejor que cualquier mis-en-scene posible y por tanto uno no siente la necesidad de llevarla a cabo. (¿arte conceptual?).
2. En mi patria adoptiva, la Gran Bretaña, se vigila sobre el derecho a copiar una idea. No sobre la idea misma. A diferencia del derecho de autor, sin duda de inspiración romana (¡O vaya Ud. a saber!). Los Británicos al final piensan que si la idea no la copia nadie pues no debe servir para nada. Y su contrario, que si está siendo reproducida, debe hacerse un tributo al que la ideó. Para ello establecen dos pagos: uno por el derecho de ejecución de la idea: performing rights (derechos de ejecución). Otro por el derecho de reproducción mecánica o digital: mechanical copyright protection (protección de los derechos mecánicos). La mentalidad anglosajona, extendida sobre la red de redes ofrece una tercera forma de vigilar sobre la ejecución y reproducción de una idea: el Creative Commons (bienes comunes creativos).
3. Muchos editores independientes como Mike Vernusky (www.quietdesign.us) piensan que hay que sacrificar la posibilidad de ganar dinero para ganar en audiencia. Vernusky opina que debemos aprovechar la nueva modalidad de distribución cibernética. Que con ella el compositor puede tener un control más directo sobre como y cuándo entrega su música. Aún más, afirma que podemos experimentar con este nuevo modelo de distribución en tiempo real gracias a la internet.
4. Lo que dice Mike, claro está, es puro sentido común. Ahora todos somos hijos del internet y qué se le va hacer. Pero seguimos con el mismo problema: la pregunta que apunta a la inseguridad más básica del compositor ¿Será que alguien va oír mi música si decido cobrarla? O mejor dicho, ¿si no la regalo, quién la va querer? Escondida bajo mil disfraces (que si la solidaridad social, que si el modelo comunitario…) es en esencia si somos honestos con nosotros mismos, lo que nos preguntamos todos.
5. Lo que nos tenemos que preguntar es más bien: a) ¿si no la cobro de que voy a vivir? b) si no vivo de eso, ¿al regalarla no le estaré fastidiando el trabajo a otros?
6. La saturación del www en materia de netlabels es ya bastante alta. Es simple sentido común económico el que nunca usted va poder convencer a la gente de que pague luego por algo que ya lleva tiempo regalando. Proteja Ud. sus derechos como quiera. Inscríbase en una sociedad autoral o declare su itención de propiedad creativa con una licencia específica de creative commons. Pero protéjala por que si no, alguien se encargara de venderla por Ud. y lucrarse a sus costillas. Pídale a su público que pague, lo que usted quiera, o aún lo que el público quiera pagar. Pero contribuya Ud. a que la gente que oye nuestra música y consume nuestro trabajo aprecie que tiene un valor y que su contribución a nuestro trabajo es al menos otro incentivo para seguir haciéndolo.
7. Lo que seguramente tenemos que hacer es revisar las condiciones legales del posible uso gratis de la propiedad intelectual. Es decir, ¿Cuándo es legítimo copiar si permiso?. De nuevo los anglos al rescate, el fair use (uso razonable): educacional, humorístico… pero falta: el uso creativo donde se pueda argumentar que, si hay lucro, se le debe al hecho de haber copiado a otro más bien que haber reproducido. En este caso, cualquier ganancia podría compartirse como acto de buena fe. Por que al final hay que confíar en la gente, básicamente por que hay demasiada.
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